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17 Julio 2017

Cada minuto cuenta

Ayudándole a sentir

Cuando Violeta Parra era solo una niña, viajó desde Santiago a Lautaro junto a sus hermanos y sus papás. El suceso podría haber sido uno más en su historia, pero en el tren se contagió de viruela. Esa es la anécdota que da vida a Ayudándole a sentir, un montaje escrito por Manuela Infante y dirigido por Juan Pablo Peragallo –misma dupla detrás de El corazón del gigante egoísta–, que cuenta cómo la ciudad se contagia de viruela luego que un perro le lamiera las manchas de color violeta a la niña y saliera a caminar, provocando una catástrofe.

Un año le tomó al director el reconstruir esta historia –con la ayuda de Rodrigo Labarría– y ponerla en escena para un público que no está tan familiarizado con la artista chilena, como lo son los niños y adolescentes. “Pensando en el público familiar, pensamos que podría ser interesante que mostráramos una Violeta Parra niña”, cuenta Peragallo en medio de uno de los ensayos que están teniendo en el Centro GAM.

La obra, una coproducción del centro cultural y Fundación Teatro a Mil, estará en cartelera del 20 de julio al 6 de agosto e invita al público a vivir una experiencia escénica lúdica y dramática, donde los dos mundos de Violeta Parra, como lo es la música y las artes visuales, se presentan como un lenguaje común.

¿Cómo partió el montaje? ¿Qué elementos destacan en el trabajo? Todo en voz de su director.



“Me había fijado en varios momentos de la vida de Violeta Parra, como un ballet que ella hizo, pero nunca presentó. Se llamaba El ballet del Gavilán o La danza del Gavilán, no recuerdo bien; y era uno proyecto en el que incluso estaba hecho el diseño, tenía bocetos de escenografía y vestuario. Pero me topé con esta historia de ella cuando niña, que viaja a Lautaro y en el tren se contagia de viruela. Ese hecho biográfico nos pareció muy coherente con ella, nos pareció que tenía un contenido dramático que era súper interesante.

Cuando uno se mete en el universo de Violeta Parra, hay imágenes muy bellas, de palabras e ideas maravillosas; pero hay una constante, un espesor en sus cuadros, en sus arpilleras, en las notas y letras de sus canciones; donde la belleza está cruzada por un sentir y un dolor presente, una tragedia que rondaba su vida. A nosotros nos pareció bonito hacer una obra de tono dramático, porque lo que estamos haciendo nosotros también tiene humor y juegos. El argumento dramático es fundamental y nos hizo pensar mucho en quién estábamos homenajeando”.



“En esta ocasión nos metimos en el universo de la Violeta, en su magnitud artística que tiene cauce en distintas disciplinas artísticas. Pensamos mucho en la visualidad. Obviamente pensamos en su música, pero también en su ejercicio con las artes visuales, y eso es porque obviamente estamos frente a una artista que se desarrolló de manera genial y magistral. Eso es lo que tratamos de conectar: su dolor, su sentir, con una visualidad que pudiera entregar un espectáculo para todo público.

Por eso, cuando empecé a armar la estructura dramática, me pareció muy interesante armar una especie de Batman Begins. Porque todos conocemos a la artista, pero lo que nosotros mostramos es una especie de fantasía, de cómo ella, en este delirio que está viviendo producto de padecer esta enfermedad, en Lautaro, se topa con el canto a lo divino y lo humano, y con la poesía popular. A partir de eso, nosotros acentuamos más la idea de que ella quería aprender a tocar guitarra, que era un impulso que tenía desde más niña”.



“He hablado harto con los actores, sobre algo que no tiene tanto que ver con la Violeta, sino que es algo ganado en la experiencia del montaje anterior –El corazón del gigante egoísta-, que es lo que algunos creadores hablan del ‘juego’, que lo que un actor tiene que hacer en el escenario es abrirse hacia una fantasía, una acción, como cuando los niños se creen el cuento de algo y juegan. Para mí, si hay una obra en la que tiene que haber juego en el actor, son las obras donde van a haber niños presenciando, porque hay que tratar de sostener la atención de ellos.

Además, el universo pictórico de la Violeta es bastante colorido, con personajes fantásticos y surrealistas; entonces también nos agarramos de eso para que el ejercicio actoral, desde el cuerpo de los actores, sea algo que también tenga ese juego pictórico”.



“En este año que se cumplen 100 años de su natalicio, era importante acercar a la Violeta al público del teatro y al familiar. Pero yo decía, ¿a quiénes podríamos invitar y que no hayan estado invitados nunca a este tipo de celebraciones? Fue así como se me cruzó esta idea de la lengua de señas, e invité a participar a María José Siebald, del colectivo Nerven&Zellen.

Fue ahí, cuando nos metimos en la lengua de señas, que pudimos crear un código actoral, un lenguaje escénico. No es una forma de traducción, sino que es un elemento que es parte fundamental del aspecto artístico de la obra. Está la lengua de señas, está el acento corporal en el lenguaje corporal -porque como el público sordo es muy hábil con el sentido de la vista, obviamente el cuerpo tiene que narrar mucho- y también el diseño que permite construir un viaje visual.

Creo que ese elemento es súper ambicioso, y ha sido muy complejo de llevar a cabo, porque son hartas las cosas que estamos resolviendo. Pero me tiene muy contento, porque es una obra muy particular y muy interesante como ejercicio escénico, más allá de pensar en el público sordo y familiar, sino que hay un valor artístico que trasciende a la idea de pensar en un público”.



“’Ayudándole a sentir’ es una frase que se dice en el campo cuando alguien se muere. Entendiendo que la Violeta está lidiando con la muerte padeciendo esta enfermedad, y conectándolo con esta idea de que ella se enamora de la cultura del campo chileno; encontramos que es un buen título porque conecta la idea de muerte y de cultura popular.

Algo fundamental de este proyecto es que no es un ‘Ayudándole a sentir’ como alguien que llega y le dice a otro como para tratar de compadecerse del sufrimiento de alguien que está teniendo una pérdida; sino que efectivamente, el dolor que sentía la Violeta Parra, era porque tenía una fuerte conexión con la gente. Creo que su arte está atravesado en todas sus disciplinas, por esa identificación por el padecer del otro. Ayudándole a sentir cierra esos tres grandes conceptos, que son ejes fundamentales dentro del proyecto y su creación”.

Texto y fotos: Karina Mondaca Cea

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