¿De qué manera el teatro puede reivindicar el derecho a la memoria?

A 46 años del golpe de Estado en Chile, invitamos a diversas figuras de las artes escénicas a compartir sus reflexiones sobre la importancia de trabajar la dictadura desde el teatro, y la manera en que históricamente esta disciplina ha buscado reivindicar la memoria y el respeto a los Derechos Humanos.

Como una forma de resistir al olvido, desde la dictadura hasta hoy en día temas como la clandestinidad, el exilio político, la tortura, la desaparición de personas y la transición a la democracia han sido problematizados en escena por grandes referentes del teatro chileno como Ramón Griffero, Rodrigo Pérez, Guillermo Calderón, entre otros.

¿De qué manera abordar la memoria hoy en día desde el teatro? ¿Cómo mantenerla viva en un país con un pasado traumático y doloroso? Seis creadores y creadoras nacionales, que han desarrollado propuestas escénicas a partir de la historia reciente de Chile, hablan sobre la importancia de seguir llevando estos temas al teatro.

GUILLERMO CALDERÓN

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El tema de la dictadura sigue inconcluso desde un punto de vista histórico. Hacer obras de teatro acerca de ese tema es una convocatoria a pensar la historia colectivamente, sacarla del ámbito personal, convertirla en algo colectivo. La experiencia estética de la sala de teatro permite volver a elaborar un tema que siempre nos va a definir.
Me gusta mucho ver que el teatro sigue interesado en la dictadura. Esa insistencia constituye un ejercicio de memoria en el que el recuerdo se vuelve a visitar una y otra vez para volver a entenderlo y para reescribirlo en la consciencia colectiva.

Guillermo Calderón es dramaturgo, guionista y director teatral. A lo largo de su trayectoria ha abordado la dictadura chilena y sus consecuencias en democracia en obras como Villa, Discurso, Escuela y Mateluna.

NONA FERNÁNDEZ

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Somos la suma de nuestros pasados. Lo que ocurrió nos constituye, nos determina. Como personas y como sociedad. Si desconocemos nuestro pasado, desconocemos un pedazo de nosotros mismos. Siguiendo esa línea, la historia reciente de Chile es vital para comprendernos en el ahora. Una historia marcada por la dictadura, cuyo relato se ha narrado a medias, se ha manipulado, tergiversado e incluso, últimamente, se ha hasta negado, como una estrategia interminable para confundirnos, marearnos, para que nos olvidemos de quiénes somos.

El teatro es la expresión del inconsciente de una sociedad, el reflejo de ese imaginario que se teje en nosotros incluso sin saberlo. Las imágenes de ese pasado feroz están en nuestros cuerpos y es casi un deber darles un espacio en el escenario para observarlas, para reconocerlas, para comprender que nuestro presente está completamente pauteado por ellas. Vivimos en un país regido por una constitución redactada por los militares, moviéndonos en un sistema económico experimentado e inaugurado por ellos. Gran parte de los problemas más relevantes de nuestro presente (AFP, Educación, Salud, desigualdad, monopolización de los medios de comunicación, etc.) tienen su origen en la dictadura. El teatro chileno posee esa vocación maravillosa de intentar enfocar todo aquello que no nos gusta ver. Ese es el punto relevante de ejercer la memoria en la escena. Poner un cenital a esta especie de jaula montada en el pasado, en la que nos movemos como ratitas de laboratorio, y darle un contexto histórico. Comprender de dónde viene, por qué se instala, en beneficio de quién, reconocer a sus autores, y encontrar las claves para dinamitar cada uno de los barrotes que nos encierran.

El teatro se construye con el material de los sueños y los recuerdos. No puede sino ser un espacio que detiene el tiempo y reivindica nuestro derecho a soñar y recordar, que es un poco lo mismo.

Nona Fernández es actriz y una de las escritoras chilenas más destacadas de estos tiempos. En su creación ha abordado la memoria y dictadura militar chilena en libros como Av. 10 de Julio Huamachuco (2007), Space Invaders (2013), Chilean Electric (2015), La dimensión desconocida (2016).

SEBASTIÁN SQUELLA

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Nunca he pensado a priori trabajar el tema de la dictadura, por el contrario, hemos querido siempre hablar de nuestras problemáticas actuales, de la precarización del trabajo, el acceso a la salud, a la vivienda, a la educación. Es imposible darle dos vueltas a estos temas que nos aquejan hoy sin llegar a la constitución, a la dictadura. Sin duda, es una fractura enorme, una fractura que ─a nuestros ojos− aún estamos en camino de resolver. Estamos en un proceso de reflexión, de análisis, en una constante búsqueda o exigencia de justicia y por sobre todo verdad.

Es muy difícil hablar de Chile y no encontrar en la dictadura el nudo fundacional de muchas malas prácticas que nos aquejan. Es por esto que debemos constantemente visitar nuestra historia reciente, y poner nuestra creatividad para que tales temas no se agoten, para que no se transformen en lugares comunes, si no por el contrario, sean un constante remirar, revisitar, contar las historias que faltan, para que el tema de la dictadura no se transforme en algo estático, en un museo. Deseamos que sea siempre un lugar que nos ayude a avanzar y generar las nuevas prácticas, las nuevas relaciones, las nuevas comunidades, las nuevas organizaciones sociales que nos ayudaran a enfrentar de la mejor manera posible este presente tan injusto.

Dentro de muchas herramientas, el teatro es una forma de construir los procesos de memoria. Para la memoria comunitaria, para la memoria de los pobladores, de los anónimos, de todos aquellos que han sido marginados de la memoria oficial, de la memoria institucionalizada, el teatro debe terminar por nombrarlos a todos, por contar todas las historias, las subterráneas, las que están llenas de olvido.

El teatro no puede decir lo que es necesario saber, el teatro no puede decir dónde están los cuerpos de los detenidos desaparecidos, no puede encarcelar a los impunes, el teatro es, quizás, la posibilidad de ser el castigo moral de la felonía, la cobardía y la traición.

El teatro puede ser un lugar de descanso para aquellos que han caminado por toda la verdad y toda la justicia, el teatro puede ser un reencontrarse, revitalizarse, un aliento a los convencidos.

Sebastián Squella es director de la compañía Teatro Perro Muerto, y ha dirigido montajes como Pinochet, la obra censurada en dictadura (2015) y Representar (2018), propuestas que han buscado plantear reflexiones sobre la dictadura, la transición y el futuro de Chile.

DANIELA CONTRERAS LÓPEZ Y EDISON CÁJAS

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El teatro nos permite experienciar el pasado nuevamente desde el arte, trabajando el trauma dictatorial desde el relato representado. Es una forma de reconstruirnos, de entendernos como país. Es nuestra propia máquina del tiempo que crea y recrea nuestro pasado constantemente.

El teatro es básicamente memoria, un dispositivo que puede recolectar y crear recuerdos reales o imaginados. Trabaja con el tiempo y con nuestra historia. El teatro por sí solo no genera justicia, pero logra quizás algo mucho más potente. Trae de vuelta e instala el relato del pasado en el presente, transformando lo que ya ha sido en una experiencia real y reveladora en la que cada uno puede reflexionar y mirarse.

Daniela Contreras López y Edison Cájas son directores y dramaturgos de Proyecto Villa (2019), performance interdisciplinaria basada en testimonios reales de sobrevivientes a centros de tortura en Chile.

RODRIGO PÉREZ

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El teatro en general trata problemas y cuando hay una zona social que no ha tenido respuesta, y que sigue constituyéndose como un problema no resuelto, es natural que el teatro los vuelva a tomar. No es una obsesión que uno tenga, es que la sociedad no ha resuelto ese tema. Sigue siendo un problema en tanto no hay justicia, sigue la impunidad presente, es un problema social, y el teatro se hace cargo naturalmente. No le queda otra.

No son obsesiones, no es que estemos ´pegados´, es una necesidad que surge también en función del compromiso que uno tiene con la ciudad donde te tocó vivir, y con el tipo de teatro que le toca hacer.

Sin embargo, yo creo que lo que hago, y muchos otros también, tiene que ver con una pelea al negacionismo, pero una pelea al negacionismo porque nosotros nos negamos a negar. Es más que una reacción al estado de las cosas, es una obligación en función de cómo están las cosas. Yo lo siento como una demanda que nos hace la sociedad.

Ahora, respecto a cómo se abordan los temas, para nosotros como Compañía La Provincia la manera de entrar en ese territorio llamado político-contingente tiene que ver con las estructuras narrativas que uno utiliza, que también pueden ir en contra al negacionismo a través de la forma, más allá del contenido. Por ejemplo, cómo abordar el abuso de poder o cómo se trabaja la memoria desde la estructura del olvido. Hay una serie de estrategias escénicas que siguen siendo un espacio de investigación, pero que al mismo tiempo están tocando estos temas no necesariamente de manera literal.

Rodrigo Pérez es actor, director teatral, docente y psicólogo. Su creación ha estado marcada por la importancia de hablar de la memoria y llevar a escena episodios ocurridos en Chile durante la dictadura militar. En esta línea y junto a su compañía Teatro La Provincia, ha dirigido obras como Cuerpo (2005), Madre (2006), Padre (2006), Diatriba de la Victoria (2010), Diatriba “El Desaparecido” (2017), La ciudad de la fruta (2019), entre otras.