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2 agosto 2015

Silvio Lang: “Querido Ibsen propone la constitución de un lenguaje escénico”

Considerado una de las revelaciones del teatro “off” argentino, el director de Querido Ibsen: soy Nora lleva a escena la reescritura que Griselda Gambaro hiciera de Casa de muñecas. Con un expresivo e inédito lenguaje estético, esta dupla creativa revive a una Nora Helmer que cuestiona el poder del autor.

Por Constanza Yévenes Biénzobas

Era fines de 1879 y Henrik Ibsen protagonizaba uno de los mayores escándalos del teatro moderno. En una época dominada por estrictas convenciones sociales, el personaje central de su Casa de muñecas surgía como un destello de lo aún inimaginable: Nora Helmer, madre y esposa, era capaz de rebelarse contra lo establecido y dar el portazo más famoso de la historia del teatro.

Más de un siglo después, la dramaturga argentina Griselda Gambaro (1927) retoma el impulso de Nora y lo desplaza mucho más allá. En Querido Ibsen: soy Nora, la mujer no sólo deja a su familia. También abandona a su autor. Quiere dejar de ser una muñeca y reclama la autoría de su construcción como sujeto.

En plena cultura del remix, el mushup y la postproducción, la interpelación de Gambaro es tan actual como necesaria. La figura del autor tradicional está en crisis y su poder omnipresente es cuestionado.

Así como Flaubert hizo hablar a Madame Bovary, Ibsen le dio voz a Nora. Personajes que se rebelaron a su tiempo, pero que al final no eran más que ficciones femeninas construidas desde la mirada masculina. Eso es justamente lo que esta renovada Nora viene a poner en discusión.

El contemporáneo texto de Gambaro cobra aún más resonancia bajo la dirección de Silvio Lang. Como dupla creativa poco común, acoplaron a la perfección la visión de dos generaciones distintas, dos sistemas creativos independientes. Gracias a cada uno de sus aportes, Querido Ibsen: soy Nora se transformó en un fenómeno del circuito teatral de Buenos Aires que ha cosechado el reconocimiento del público y la crítica.

“Buenos Aires es una ciudad muy al ritmo de las modas. Hay muchas obras que se estrenan y todas se parecen mucho entre sí, hay multiplicación de mercancías. Lo que fuimos cosechando del público y de la crítica especializada con Querido Ibsen: soy Nora, es que propone la constitución de un lenguaje escénico, la formulación de un sistema de pensamiento. No es una obra más. Te guste o no te guste, propone una voz, una singularidad”, cuenta Silvio Lang sobre este trabajo que ha remecido la escena bonaerense.

Querida Gambaro

Admirador confeso y especialista como nadie en el trabajo de Griselda Gambaro, Lang aplaude el pensamiento teatral que atraviesa toda su escritura. Hay respeto y colaboración profesional, sin duda, pero agrega Lang que “antes de trabajar juntos, creo que somos amigos y, de alguna manera, Griselda es mi madre artística. Nuestra relación empezó escribiéndonos cartas, fue relación epistolar, y tiempo después comencé a dirigir sus obras”.

Previo a Querido Ibsen…, Lang ya había incursionado en la dramaturgia de Gambaro montando La señora Macbeth y La persistencia. Por si fuera poco, el 31 de julio recién pasado estrenó en el Teatro Nacional de Cervantes El don, un texto inédito que Gambaro escribió para la reconocida actriz Cristina Banegas, inspirado en la historia de Cassandra, una novela de Christa Wolf escrita en 1983 que el mismo Lang le regaló.

De las distintas interpretaciones que ha tenido el trabajo de Gambaro, la más renovada y reciente es de este director: “su intensidad está en una operación que hace en la materialidad de la lengua materna”. Es ahí donde Lang encuentra múltiples posibilidades de desarrollo escénico. Y no sólo retoma sus textos al momento de dirigir, sino que también escribe sobre ella y colabora en la organización de las Jornadas Griselda Gambaro: escritos sin inocencia, que se realizarán el 5 y 6 de agosto en la biblioteca del Museo del Libro y de la Lengua de Buenos Aires.

Casada con el escultor Juan Carlos Distéfano, uno de los más importantes del siglo XX, juntos fueron parte de la vanguardia argentina de los 60 que surgió del Instituto Di Tella y que contribuyó a la renovación del arte argentino. Hoy, con 87 años, Gambaro continúa siendo una de las dramaturgas más prolíficas, activas y resueltamente contemporáneas del teatro argentino.

La lectura que haces del texto de Gambaro está atravesada por una mirada estética y política muy definida. ¿Cómo trasladas esa operación a la puesta en escena?

En el caso de Querido Ibsen, y también en el resto de los montajes, trabajé con la creación de un sistema corporal y un sistema musical sobre los cuales monto el texto. Las condiciones y procedimientos con que se construyen estos sistemas son informaciones que están en el mismo texto. En el caso de Gambaro, ella tiene una presencia gramatical muy fuerte. Por ejemplo, pone puntos donde habitualmente no se pondrían, y genera una sintaxis muy particular. Ese juego del lenguaje permite el juego de la afectividad del cuerpo.

Querido Ibsen se montó con la coreógrafa Alina Folini y con un músico contemporáneo muy joven también, Pablo Cécere, que tocaba el piano, pero no era pianista -cuando entramos al Teatro San Martín, como era la primera vez que dirigía ahí, nunca confesé eso. Con ellos creamos todo un sistema de la proxémica de los cuerpos, es decir, el modo en que estos se vinculan.

Trabajamos también con un soporte teórico que tenía que ver con la teoría de género y el feminismo de la diferencia. Como Gambaro fue una férrea activista feminista, y es Casa de muñecas lo que reescribe, no había manera de no pasar por ahí. Pero no era sobre la emancipación de la mujer, si no la libertad del inconsciente, es decir, pensar en cómo dislocar el discurso heteronormativo. Para mí hubo dos libros muy importantes: El género en disputa, de Judit Buttler, y ¿Puede hablar el subalterno?, de Gayatri Spivak. Eran como mis manuales de instrucciones para montar la obra.

¿De qué manera tu experiencia en la danza influye en tu sistema de dirección?

Hace muchos años tengo una gran cercanía con coreógrafos y coreógrafas argentinas, y chilenos también. He trabajado con Paulina Mellado y he dado clases sobre danza en Chile, México y Uruguay.

Todas mis obras las monto con un coreógrafo o coreógrafa a mi lado. Para mí, la danza contemporánea, la música y las artes visuales se están haciendo un montón de preguntas desde la década del 70 que el teatro no se está haciendo, y que tienen que ver con la producción de subjetividad, con los modos de ser de un cuerpo, con los modos de existencia. Para mí, la escena es la fabricación de modos de existencia.

Por ejemplo, en mis obras ya no trabajo con la categoría de personaje, porque me parece que es una categoría un poco fascista que te lleva a producir discursos identificatorios. Para mí, el personaje es una modulación del discurso, en el sentido de Foucault. No es una persona, no es una identidad. En esta democracia de masas, para mí se trata de producir des-identificaciones, generar disrupciones subjetivas y políticas. Me parece que la danza contemporánea y la performance tienen más energía para pensar estas cosas.

Laboratorio off 

Reconocidos por su talento e irrupción en el llamado “nuevo teatro off” porteño, el grupo de jóvenes que acompañan a Lang en Querido Ibsen: soy Nora vino a refrescar la escena con nuevos modos de producción. Además del aporte coreográfico y musical, destaca el sobrio y minimalista diseño escénico de Gonzálo Córdova, que entrega intensidad al espacio y desmolda los límites de la arquitectura.

En cuanto al elenco, Lang decidió trabajar con intérpretes de distintos registros. Ezequiel Díaz, Marcelo Subiotto, Victoria Roland, Belén Blanco, Patricio Aramburu, Esteban Masturini y Pochi Ducasse desarrollan una interpretación de gran despliegue físico e intensidad expresiva.

Destaca el trabajo de Blanco, actriz reconocida por sus trabajos en cine y televisión, que encontró en el papel de Nora Helmer su mayor espacio de revelación. “Para muchos espectadores fue una novedad ver a Belén en esa actuación, porque desplegó un montón de capacidades e intensidad que no solíamos verle”, cuenta Lang. “Me parece importante que lo haya hecho con Nora. La ruptura de las estructuras y las trascendencias implica un salto al vacío donde Nora se inventa a sí misma, y me parece que hay algo de eso que funcionó y caló en Belén como actriz”.

Con todos estos elementos, la puesta en escena de Lang es decididamente expresiva y saturada -hasta exagerada, para algunos-, con un despliegue físico en una cadencia de altos y bajos. Así como Gamabaro fragmenta y deconstruye la historia original de Ibsen, Lang relee a Gambaro para multiplicarla y extender su impulso creativo. Es, al fin y al cabo, la tercera interpelación de esta historia.

Foto: Rodolfo Opazo.
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