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2 agosto 2015

Silvio Lang, dirigir desde la disidencia

El director de Querido Ibsen: soy Nora habla sobre sus inicios como “pendejo intelectual insoportable” montando obras de Eurípides, sobre sus referentes teóricos y sobre cómo se reenamoró del teatro.

Por Constanza Yévenes Biénzobas

Tiene 35 años, cerca de 20 años de carrera y más de una docena de obras estrenadas. Originario de la provincia de la Pampa, desde los 15 años Silvio Lang ha estado haciendo y pensando teatro. Estudió con grandes directores y dramaturgos, pero pronto se peleó con todos y decidió emprender un camino independiente.

Tal como Nora, la revolucionaria protagonista de Casa de muñecas de Henrik Ibsen y de Querido Ibsen: soy Nora, Lang se rebeló contra la tradición del teatro argentino -contra el “imperio del costumbrismo”, como él lo llama- en busca de nuevos lenguajes de expresión.

Estudiaste puesta en escena con Rubén Szuchmacher, dramaturgia con Daniel Veronese y Alejandro Tantanian, y actuación con Vivi Tellas, entre otros. ¿Reconoces alguna influencia de ellos?

Empecé con ellos, pero a los 21 ya estaba sin maestros. Al venir de una provincia, La Pampa, me tuve que formar solo. Iba a talleres de teatro, pero también iba mucho a la biblioteca de la universidad a leer poesía y teatro.

A esa edad me quedé “entre la pampa y la vía”, como dice un dicho de acá. Ya no era alumno de Veronese, ni de Tantanian, ni de Szuchmacher ni de Vivi Tellas, pero empecé a generarme amigos artistas de mi edad, armábamos grupo de estudio, compartíamos espacios más horizontales.

Desde que estrené mi primera obra en el taller de Szuchmacher, cuando tenía 15 años, no paré de producir. Hay ahí también cierta cultura y aprendizaje del hacer y del discutir.

¿Pero conservas algún referente artístico?

De los maestros que yo reconozco, quizás es Griselda Gambaro (autora de Querido Ibsen: soy Nora), pero es una amistad que llega mucho después, cuando ya tengo 28 o 29 años, y funciona más como una amiga.

Después he tenido maestros en grupos de estudios de teoría política, psicoanálisis, teoría lacaniana. Estudié en un grupo la obra de Alain Badiou, llegué a organizar su visita a Buenos Aires y terminé por dirigirlo en una obra de teatro que escribió él mismo, llamada Las calabazas. O sea, que dirigí a Alain Badiou (repite y sonríe), un capo total. Ese estudio sobre Badiou fue como un elemento que me devolvió al teatro. Leyendo sus teorías y tesis teatrales, volví a reenamorarme del teatro.

Mis maestros son maestros ignorantes, en términos de Rancière, para quien un maestro ignorante es lo que fuerza una capacidad tuya que no tenías o no sabías que tenías. Y esa figura no está necesariamente encarnada en una persona, puede ser un pedazo de texto, una película, una situación, un encuentro con un amigo. Es algo que te impulsa a crear. Entonces, no fueron los teatristas, salvo Gambaro y Cristina Banegas, los que me impulsaron. Estos vinieron por otro lado.

Has puesto en escena obras de Eurípides, Jean Racine, Marguerite Duras, Tennessee Williams, y hace poco hiciste una relectura muy contemporánea de Vsévolod Meyerhold. Ahora trabajas María Moreno y la misma Gambaro. ¿Cómo te posicionas ante la relectura de estos autores?

Hubo una época en que no me interesaba la dramaturgia argentina contemporánea, entonces me propuse generar una alianza con la literatura. Al contrario de toda mi generación, que hacía dramaturgia de director y dramaturgia de actor, yo era el único que estaba haciendo teatro de texto. Con la primera obra que hice en Buenos Aires, fui el único pendejo intelectual insoportable que hacía Eurípides releído por Sartre. Medio insoportable mi ejercicio.

Lo que me pasa es que estoy un poco en discusión con el texto. Hoy me parece que tenemos una saturación del signo, con una sociedad completamente semiotizada, y estoy harto de eso. Es decir, estoy en contra de la significación que se produce desde el signo, porque para mí el signo es una categoría del cristianismo, una categoría con la que opera el capitalismo actual. Y el signo, como encarnación cristiana, es un borramiento de los cuerpos, es pura referencialidad.

Entonces, lo que estoy investigando en mi últimos montajes, que de alguna manera se inaugura con Querido Ibsen -aunque sigue siendo una obra de texto-, y después con Meyerhold, freakshow del infortunio del teatro y Salón Skeffington, de María Moreno, es trabajar sobre cómo mantenerse un rato fuera de la significación y cómo producir sentido desde la afectividad de los cuerpos.

Querido Ibsen: soy Nora abre la reflexión a discusiones tan vigentes como el feminismo de la diferencia, la emancipación intelectual y la crítica a las estructuras heteronormativas de la sociedad. Es “el teatro piensa” de Badiou, y el resultado de un ejercicio teatral que cala profundo en los espectadores. No se trata sólo de Nora, sino de todos nosotros atrapados en estructuras fijas que norman lo social. Poner en crisis al autor, con su poder creador, es poner en cuestión las normas sociales y discursos dominantes que invisiblemente nos constituyen.

 

Foto: Guadalupe A. Gaona.
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