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8 enero 2018

Cada minuto cuenta

El exiliado Mateluna

7 de enero | 17:00 horas

Muy cerca de la estación de metro El Parrón,  en plena comuna de La Cisterna, funciona la sede en Chile de la emblemática compañía de Teatro Aleph. El espacio lleva por nombre Sala Julieta y es para su creador, Óscar Castro, un lugar de formación y de encuentro con el barrio. Música, trabajo en equipo y, por sobre todo, mucho amor por el teatro popular, marcan las horas previas a la última función de una de las piezas fundamentales de esta agrupación: El exiliado Mateluna.



En una gran casa de la comuna de La Cisterna, los integrantes de Teatro Aleph Chile cocinan, barren y organizan cada detalle del espectáculo de esta noche. Mientras en la cocina del lugar se prepara a fuego lento una gran olla con sopa, en el patio se escucha a Óscar Castro, director de la compañía, conversando alegremente mientras amasa el pan que más tarde ofrecerá a su público. Una tradición y también un pretexto, dice, para poder generar un espacio de conversación con quienes visitan la Sala Julieta.



La tarde avanza y se comienzan a oír las primeras canciones del ensayo. Tres músicos acompañan las melodías en francés y español que, entusiasmados, corean los actores junto a los jóvenes estudiantes de la Escuela de Teatro que funciona en el lugar. Ellos son el espíritu de la casa y los encargados de mantener vivo el estilo festivo, irreverente y lleno de humor que desde siempre caracterizó a la agrupación.



La Sala Julieta lleva ese nombre en honor a la madre de Óscar Castro, detenida desaparecida, víctima de la dictadura militar en Chile. “Combatir la muerte con la vida”, dice cuando cuenta la historia de su vida y, ahora, la de esta sala. Una gran imagen de Julieta mira de frente al escenario del lugar mientras Castro encabeza el rito que antecede a cada función: en un círculo los actores se reúnen para agradecer a sus antepasados, a esos espíritus que los acompañan.



Termina la función y la Sala Julieta sigue abierta. El espectáculo se traslada ahora afuera, mientras público y elenco comparten una sopa quinoa y pan amasado. La imagen es alegre y responde a lo que siempre soñó Óscar y quienes lo acompañan: construir un teatro de barrio, lejos del  la ciudad, abierto a quien quiera pasar a disfrutar.


Texto: Lorena Caimanque
Fotos: Taras Overchuk

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