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5 junio 2017

La Fábrica: una propuesta que no se concreta del todo

Este texto fue creado en el Taller de Crítica a cargo de Javier Ibacache, el cual forma parte de las actividades de LAB Escénico de Teatro Hoy 2017. Por esto mismo, los comentarios que aparecen a continuación son de exclusiva responsabilidad de su autora, y no corresponden necesariamente a la opinión de Fundación Teatro a Mil.

Por Alexis Acuña Velásquez

La obra La Fábrica, de la compañía Cuerpo Indisciplinado, transcurre en las dependencias de una antigua fábrica metalúrgica de los años 40, ubicada en la comuna de Santiago y que se encuentra actualmente abandonada. Lugar que renace como dispositivo escénico para la interpretación de actores y actrices sumidos en el mundo del trabajo y dar lugar a un conjunto de problemáticas tratadas desde el espacio en la sensibilidad y experiencia del público.

Al igual que otras obras del ciclo Teatro Hoy (como Ópera), la problemática del montaje se encuentra en hacer dialogar el espacio escénico con el discurso subyacente a la representación teatral.

Las problemáticas centrales que aborda la obra son las del cuerpo humano sometido voluntariamente a un régimen de trabajo y el paso, por tanto, de un control físico del cuerpo, a un control de la conciencia. También indaga en el manejo del sistema de relaciones humanas que se da en el ámbito laboral y el de los deseos que motivan dicho sometimiento.

Para ello se sitúa en una fábrica real dispuesta con los elementos para la participación de los espectadores: guantes y cajas son objetos con los cuales algunos miembros del público experimentan el trabajo fabril, en estrecha relación con los artistas, quienes se presentan como trabajadores y compañeros de labor.

Es en este instante, una vez que los asistentes han participado del trabajo, que se desata el conflicto: imposibilidad de concretar el pedido, posibles traiciones de tipo comercial entre ellos y la paranoia ante la interrupción y no concreción del trabajo dan pie a las tensiones.

Ante esto, el proyecto artístico del montaje parece evidente: hacer que el espectador viva la experiencia del trabajo fabril para así imbuirse del conflicto representado por los artistas. Nos parece que las problemáticas centrales, evidenciadas a través de la ruptura en la distancia entre artistas y público, hayan una adecuada expresión en la propuesta escénica.

Sin embargo, en cuanto a la vinculación del público con dicha experiencia, hay aspectos que no se terminan de resolver y, desde esta perspectiva, la propuesta no termina de concretarse.

En particular, el público no llega a verse imbuido en el rol que se espera que asuma; luego, cuando se desata el conflicto, el espectador queda perdido en su indefinición respecto a su participación en la obra, lo que se vuelve en sí dificultoso al estar en el espacio de un fábrica y el tránsito de los artistas por el lugar. Asimismo, el video proyectado de unos ex-trabajadores de la fábrica y el relato de su experiencia es un breve homenaje  que no logra complementarse con el resto de los momentos de la obra.

La puesta no esconde los procedimientos y dinámicas reflexivas que movilizan el trabajo del la compañía: desmontaje de la imagen convencional del teatro, trabajo y problematización con y desde el cuerpo, desvelamiento de las roles de poder en la sociedad desde el dominio de la corporalidad.

Pero es el tercer elemento en la experiencia teatral, el público, el que no termina de encajar del todo en la propuesta. La obra intenta llevar a la práctica su discurso al poner en movimiento el cuerpo de los espectadores, pero pareciera que el paso a una toma de conciencia de dicho acto no trasciende lo lúdico de la experiencia.

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