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31 agosto 2014

Invertir en cultura: la gran apuesta

Por Claudia Rojas.

No les importó lo difícil que podía ser, ni cuánto tiempo demorarían en cumplir sus expectativas. Tenían un sueño y lo cumplieron. A continuación, tres emprendedores cuentan por qué apostaron sus fondos en cultura y cómo, esta decisión, puede dar buenos y enriquecedores frutos.

Hasta el año 2010,Avenida Italia lucía sus característicos locales de muebles restaurados, antigüedades, uno que otro café y, casi al llegar a Francisco Bilbao, la ex sombrerería Girardi emplazada en esa esquina por más de 100 años. Hoy esa clásica estructura de ladrillos está convertida en la Factoría Italia, un espacio donde convergen la gastronomía, la arquitectura, la cultura y la innovación.

Fue en 2011 cuando los empresarios Jack Arama y Daniel Schapira compraron esta antigua fábrica y comenzaron a planear qué tipo de proyecto levantar en ese lugar. No pensaron en textiles, ni en máquinas, ni en motores. Ambos coincidieron en conservar el edificio original para integrarse a lo que, hace años, se había transformado el barrio.

“¿Me lleno de plata los bolsillos buscando exprimir la mayor rentabilidad de un negocio sin importar si es realmente un aporte a la ciudad? ¿O me intereso en hacer un negocio viable, y al mismo tiempo consciente de que es un aporte importante para la ciudad y para la conservación del patrimonio de Santiago?”. Esas fueron las preguntas que se plantearon Arama y Schapira, quienes se inclinaron en buscar una respuesta para la segunda interrogante.

Pero a casi tres años de emprender este desafío, la meta de convertir a la Factoría Italia en un centro de atracción cultural, aún es riesgosa y también, un trabajo que verá resultados“a muy largo plazo”.

Actualmente, la Factoría Italia se encuentra en la primera etapa de restauración de sus bodegas interiores. Mientras tanto, cuenta Fernanda Aljaro, a cargo de la gestión y administración de este lugar, el nuevo espacio mantiene “arrendando el espacio del teatro (ex Teatro Italia) a la empresa de Innovación IF”, zona que se convertirá en un centro cultural con galerías de arte, librerías, sala de cine y auditorio. “El negocio de Factoría Italia es el arriendo de los espacios permanentes y temporales.Estamos realizando una inversión importante con fondos privados, nacionales y extranjeros”.

Aljaro reafirma la apuesta. “Creemos que la proyección futura de que privados inviertan en este tipo de negocios es favorable. Gran parte de la sociedad crece con la necesidad de conocer más, culturizarse y crear cosas”.

DSC_0825 (1)Mantenerse en el tiempo y no morir en el intento

Para Roberto Hoppmann, dueño del Taller Siglo XX, ubicado en el corazón del barrio Bellavista, la historia comienza de manera similar a lo que Jack y Daniel proyectaron en Factoría Italia.“La idea de este espacio es ser un aporte en materias culturales, que promueva el acceso al arte, las ciencias, la educación, el patrimonio y el turismo cultural”, reflexiona.

En los años 80,su mujer, Yolanda Hurtado–que falleció en 2011– tomó esta casa ubicada en la comuna de Recoleta y quiso convertirla en un espacio para el teatro y las artes. Así se creó este espacio que, tres décadas más tarde, ofrece talleres, teatro y exposiciones de pintura, entre otras disciplinas artísticas. Lo lograron.

¿Cómo se ha mantenido durante estos años el Taller Siglo XX? “Ha sido un trabajo muy fuerte de posicionamiento y de establecer alianzas. Actualmente lo sostengo  exclusivamente con mis aportes. No contamos, por ahora, con ningún fondo estatal u otro apoyo. Trabajamos en proyectos de Ley de Donaciones Culturales y otras  iniciativas de financiamiento para la cultura y las artes”, señala Hoppmann.

Actualmente en Chile, el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes ofrece cinco fondos culturales destinados al desarrollo de las artes, la difusión de la cultura y la conservación del patrimonio artístico y cultural de Chile. Tras la convocatoria en 2013, el concurso público repartió más de 16 mil millones de pesos en los 1.700 proyectos, un incremento de un 11% en relación a los últimos cuatro años.

Sin embargo, apunta Hoppmann, estos fondos no abarcan todas las necesidades de los emprendedores. No son suficientes: “Debe existir otro mecanismo, quizás subsidio o aporte directo para que puedan surgir estos espacios.Nosotros no estamos acá para generar dinero. Nos interesa proyectar, mostrar y ser un espacio de arte. Pero sí aspiramos a la autogestión y al desarrollo de iniciativas de fomento y financiamiento para el sector cultural, para espacios como este que desarrollan una labor imprescindible”.

Los que se suman a la lista

La vida de Enrique Zúñiga gira en torno a los Juegos Diana. Dueño de este popular espacio de entretención característico de los 80. Al verlo decaer en las últimas décadas, resolvió revivirlo en otra de sus propiedades: un sector de la Basílica de Los Sacramentinos ubicada en calle San Diego. Hoy el lugar se ha convertido en el centro cultural Diana Santiago.

En ese período de decisión contactó a Denise Elphick, gestora cultural que ha trasformado con éxito este inmueble patrimonial en un espacio abierto dedicado a las artes visuales y escénicas, el urbanismo, la educación, la política, la entretención y la música.

Sin embargo, los ingresos no son los suficientes para mantener el proyecto, que también es un Monumento Nacional de 5.000 metros cuadrados. “Para generar un modelo de negocios en espacios culturales es necesario entender que no se pueden solventar únicamente de la generación de contenidos. Es por eso que se está trabajando en  un modelo donde existen arrendatarios permanentes que generan ingresos estables al proyecto. Estos arrendatarios, además, aportan su capital cultural y son definidos a través de una curatoría”.

Para Elphick, pensar la cultura como un negocio de inversión es un error.“La cultura es un derecho, no un negocio inmobiliario,  y debe ser garantizado al igual que la educación. Todos debemos tener acceso sin distinción y debemos dejar de elitizar los espacios culturales para acercarlos más a los ciudadanos comunes”.

Su propuesta coincide con la de Hoppmann. “Es necesario un financiamiento mixto donde exista un compromiso de parte delos privados para garantizar el espacio, y también un compromiso de parte del Estado, que debe ser capaz de reconocer el valor de este tipo de iniciativas y fomentarlas inyectando recursos”, explica la gestora.

El costo mensual mínimo para mantener funcionando Diana Santiago es de $5.000.000 y aún no logran generarlo. Por el momento, el equipo es pequeño y la mayoría trabaja a través de trueque, ocupando espacio o talleres a cambio de trabajo. Pero Elphick es optimista. Espera mantener con éxito esta idea vinculada a la cultura, que perdure en el tiempo, sacar buenos frutos y, por supuesto, responder orgullosa que la apuesta resultó.

 

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