Bitácora de una amateur en Le Grand Continental

A fines del mes de agosto, se realizó en el Costanera Center una serie de audiciones para formar parte de Le Grand Continental, un espectáculo de danza colectiva que formará parte del Festival Santiago a Mil 2018. Como periodista de la Fundación Teatro a Mil me atreví a participar del proceso, y aquí está mi historia.

Por Karina Mondaca
6 septiembre, 2017

El 24 de julio se anunció a todo público que Le Gran Continental llegaría a Chile durante el mes como parte del Festival Internacional Santiago a Mil 2018. El espectáculo, es una pieza de danza colectiva creada por el canadiense Sylvain Émard, que invita a personas comunes y corrientes a atreverse a bailar en público y vivir la experiencia de formar parte de una compañía artística.

A penas supe de este proyecto, me entusiasmé, y así se lo hice saber al propio Sylvain, cuando unos días antes tuve la oportunidad de conversar con él y entrevistarlo. “Nos vemos para las audiciones”, le dije mientras nos despedíamos luego de una hora de hablar por Skype. “¡Te espero!”, me respondió sonriente.

Le conté a mis compañeros que quería participar, lo conversé rápidamente con mi jefa –porque formar parte del proyecto podría afectar mi trabajo durante la realización del festival– y sin dudarlo, me inscribí en el proceso de postulaciones que habilitamos en la web. Días más tarde llegaba a mi correo la confirmación del día y lugar donde tendría que presentarme a audicionar: jueves 24 de agosto, a las 19 horas en el Costanera Center.

Ése día, antes de salir de la oficina, me cambié de ropa, me puse zapatillas y partí con otros compañeros que asistían a ayudar en la audición. Varios animaron y me desearon suerte en la audición, otros insistían hasta último minuto: “¿En serio vas a audicionar?”.

La audición

18.45 horas y soy ingresada al listado de participantes. Me entregan el número 7. “¿El 7 es de la suerte, no?”, le digo a mis compañeras encargadas de la recepción de bailarines amateurs.

A los minutos miro a mi alrededor, y no somos más de 10 personas esperando y supuestamente debíamos ser 60. Desde la organización estamos nerviosos, así que decidimos esperar a que llegue más gente. Metros más allá está Sylvain Émard –que había aterrizado en Chile durante la mañana del mismo día–, junto a Bárbara Pinto, coreógrafa y asistente de dirección del espectáculo, y otros bailarines que acompañarán al grupo que audicionará. Todos juntos ensayan los pasos que más tarde nos tendrán que enseñar.

Casi por acto de magia, llega un numeroso grupo de personas. Las cerca de 40 personas estaban esperando en otro lugar, así que rápidamente comienzan a inscribirse para que la jornada pueda empezar. Junto a Sergio iniciamos #LaPrevia, una transmisión que hacemos a través de la Fanpage de Fundación Teatro a Mil donde mostramos cómo se viven los momentos anteriores a que comience alguna actividad organizada por la institución.

“Me llamó mucho la atención la participación ciudadana”, me dijo Mauricio, analista de 33 años, uno de los tantos que llegaron a bailar. “Nos gusta bailar, pero nunca nada profesional. Era una oportunidad de hacerlo, de forma gratuita, y una manera de culturizar a la gente”, agregaron Romina y Daniela, una pareja de amigas que llegó con la intención de entretenerse y pasarlo bien.

Minutos más tarde, empezó la audición. Se nos explicó el proceso y luego conocimos a Sylvain. De jeans, pollerón y zapatillas, y con un acento francés en su inglés, nos explicó en qué consistiría la prueba, nos mostró un video de presentaciones anteriores, y dividió a los participantes en grupos de 20 personas.

La autora de este texto antes de su audición

Con el número 7 en mi pecho formé parte de los primeros en audicionar, así que prontamente comencé a seguir las instrucciones del canadiense, quien a través de la traducción inglés-español de Bárbara, enseñaba uno a uno los pasos con los que nos evaluaría y decidiría si somos dignos de Le Grand Continental.

Primero cuatro pasos hacia el frente, luego hacia el lado izquierdo. Repetir. Después sumarle movimiento y ritmo a esos pasos, e integrar los brazos. Media vuelta y una de las manos a la cintura y otra al hombro. Repetir. Primero sin música y luego con suaves sonidos funk que ayudan a la coordinación. “1, 2, 3, 4”, “¡Muy bien!”, “¡De nuevo!”, se escucha una y otra vez entre el grupo que baila con entusiasmo.

Cada vez son más pasos y secuencias las que hay que recordar. Por breves momentos alcanzo a comentarlos con las compañeras que tengo a mi lado derecho e izquierdo. Nos reímos nerviosas y volvemos a revisar la última instrucción. De a poco comenzamos a ocupar más espacio del que se nos había destinado inicialmente debido a que los pasos requieren desplazarse por el lugar, por eso Sylvain pide mantener las filas que fueron armadas desde un comienzo. De eso se trata esto: line dancing o bailar formando líneas.

Luego de ensayar un par de veces la coreografía completa –la cual no supera los 5 minutos– al ritmo de la música, Sylvain da la orden para que dos personas se pongan a grabar con cámaras de video. Llega el momento: cada uno de los participantes tendrá la oportunidad de moverse frente al canadiense y su equipo de bailarines, y con suerte, sorprenderlos, grabarse en su memoria y ser escogidos para el montaje final.

“No crean que por estar en la última fila no vemos cómo lo están haciendo”, advierte el coreógrafo al grupo compuesto por las primeras 20 personas. “Así que si no lo hacen bien cuando estén en la primera fila, no se preocupen”, agrega como un consuelo para todos los que nos pusimos nerviosos cuando estuvimos al frente y no pudimos hacer la rutina 100% bien.

Fila a fila avanzamos todos, hasta que nadie más queda por bailar. En total fueron 20 minutos en los que pudimos aprender pasos, bailar y probarnos a nosotros mismos. Hay aplausos y entusiasmo. Algunos se acercan al equipo de bailarines, y dan las gracias por la oportunidad.

Tal como si fuera parte de la coreografía, la imagen se repitió una y otra vez durante la tarde del día siguiente y también el sábado, desde las 11 a las 22 horas, gracias a las cerca de 300 personas que llegaron a audicionar.

Ése fue el caso de Almendra, estudiante de Administración Pública, que llegó junto a su mamá, Evelyn, funcionaria pública, con quien ya había participado como madre e hija en otras actividades artísticas. “Pero no de Santiago a Mil”, advierte la joven de 20 años. “Siempre nos ha gustado eso, es muy enriquecedor y es entretenida esa cosa de participar, no solo viendo, sino que interactuando, siendo parte de la obra. Si lo habíamos hecho antes, por qué no ahora”, agregó.

Caso similar fue el de Francisco, fotógrafo de 55 años, que durante 10 años se dedicó a tomar imágenes de danza contemporánea: “Siempre estuve mirando el espectáculo, pero con muchas ganas y nunca me atreví de estar arriba del escenario, de bailar. Hoy vine a la audición para romper mis límites. Independientemente si quedo o no, quería disfrutar lo que es estar en una audición, porque nunca lo había hecho. Me di ese gusto”.

La respuesta

No había pasado ni siquiera una semana de la audición, cuando sonó mi celular. “Hola Karina, soy Bárbara Pinto de Le Grand Continental”, escucho decir del otro lado de mi teléfono. “Te llamo para avisarte que fuiste seleccionada para participar en el espectáculo”. Junto a mí, otros 253 hombres, mujeres, niños y adultos mayores, fueron elegidos (revisa el listado completo aquí).

“¡QUEDÉ EN LO DEL BAILE!”, le digo a mi pololo, familia y mis compañeros de trabajo. Estoy feliz y pienso en todas las jornadas de ensayos que se vienen por delante, el desafío que eso significa y por supuesto, en la emoción que significarán las presentaciones durante Santiago a Mil y lo diferente que será vivir el festival como “artista”, luego de haberlo hecho como espectadora y como periodista, desde hace cinco años. También pienso en que me gustaría decirle a la Karina de 8, 10 o 12 años que tantas veces quiso participar de bailes y nunca se atrevió, que en 15 años más lo hará.