Fundación Teatro a Mil

Usted está aquí

Home Pulso Cultural Conversamos con Aparato Radical: Cuando el hombre ya no es el protagonista de la historia
8 Febrero 2017

Aparato Radical: Cuando el hombre ya no es el protagonista de la historia

Error generating thumbnail, reason: ¿El archivo no existe?

La dramaturga y directora Manuela Infante está investigando el reino vegetal en su más reciente trabajo, un monólogo que ahonda en la relación entre los seres humanos y las plantas desde una perspectiva post-antropocéntrica, y que problematiza, de paso, el concepto de empatía. “No puedo considerar un trato ético sólo para aquello que se parece a mí”, dice la creadora chilena.

Por Paulina Cabanillas F.

En una de las salas blancas del Centro NAVE, las biólogas Ximena Calderón y Paulette Naulin hablan sobre plantas. Cuentan que éstas son capaces de ver, que escuchan, que detectan las vibraciones que viajan por el aire y el suelo. Que responden al tacto, que tienen el sentido del gusto bien desarrollado –“las raíces son verdaderos GPS a la hora de localizar humedad y suelo rico en minerales”, dice una–, que huelen, y que se comunican entre ellas a través de reacciones químicas. “Pero ¿qué es lo que se dicen, de qué hablan?”, pregunta Manuela Infante. “Información sobre el medio ambiente”, responde Ximena. Manuela guarda silencio un instante y dice: “¿Y es posible que hablen de otros temas?”. Algunos de los asistentes se ríen. “No lo sabemos”, reconoce Ximena.

Marcela Salinas es la protagonista de Aparato Radical (c) Maida Carvallo

La actividad forma parte de la residencia de creación artística que la dramaturga y directora chilena está realizando para la obra Aparato Radical  –coproducida por Fundación Teatro a Mil–, que formó parte de los Works In-Progress de Platea 17 y que el jueves 9 de febrero exhibirá una muestra en el Festival Escenas do Cambio de Santiago de Compostela, España. Si bien el interés de Manuela hoy se centra en los postulados de filósofos de plantas como Michael Marder y neurobiólogos vegetales como Stefano Mancuso, en explorar conceptos como la inteligencia y la comunicación vegetal, su objetivo con este monólogo es más profundo. “Mi inquietud surge de un período –porque pienso que los temas se desarrollan en tiempos que abarcan más de una obra–, que está definido por el intento de imaginar cómo sería un teatro post-antropocéntrico”, cuenta. “Conocemos un teatro empecinadamente centrado en el ser humano, entonces es imaginar uno donde ya no lo considerásemos como la medida de todo, como la voluntad protagónica que debe ser representada sobre el escenario. Esta idea implica torcer ciertas premisas básicas de lo teatral. Parte de este período son mis obras Multicancha, Zoo, Realismo y ahora Aparato Radical, que es un nombre preliminar”, apunta.

¿Cuál sería la premisa en este caso?

Es un trabajo de investigación que pretende explorar la comunicación imposible entre los seres humanos y las plantas, en el paradigma específico del desplazamiento y/o instrumentalización que ha caracterizado nuestra relación con el mundo vegetal a lo largo de la historia. El trabajo se basa en el pensamiento revolucionario de Michael Marder y Stefano Mancuso, que proponen un replanteamiento –palabra por cierto, vegetal– de la consideración del reino vegetal como uno menor. La idea es sondear los modos en que conceptos como la inteligencia vegetal, la ética de las plantas, la comunicación vegetal o el alma vegetativa, pueden transformar nuestra práctica creativa. Si aceptamos que las plantas tienen otras formas de pensar, sentir, comunicarse, defenderse; otras formas de ser inteligentes, quizás podemos transformar nuestras nociones de pensar y ser conscientes. En palabras de Marder: “Reconocer a un ‘otro’ válido en las plantas, es también reconocer a ese otro vegetal que hay dentro de nosotros”.

¿Qué tan posible es pensar de una manera post-antropocéntrica?

El ejercicio especulativo es fundamental para una transformación profunda de la manera en que nos entendemos como seres en el mundo. Conjeturar que el mundo es más que una construcción del ser humano, recordar que estamos rodeados de voluntades, seres y otredades de las que sabemos poco y que merecen nuestro respeto en tanto misterios, es una práctica que considero absolutamente necesaria. Si hay algo que he aprendido de la filosofía vegetal es que no podemos basar la ética en la empatía. No puedo considerar un trato ético sólo para aquello que se parece a mí. Para eso sirve mucho especular con cómo será que vive, siente, piensa “lo otro”, eso que es radicalmente diferente a mí.

Aparato Radical (c) Maida Carvallo

¿Cómo ha sido la experiencia de hacer teatro desde ese “otro” eje?

Expansivo, en cuanto obliga a transformar las leyes del teatro mismo. Hacer una obra de leyes vegetales, que no está organizada en centros –órganos– sino que se ramifica en todas las direcciones al mismo tiempo, significa replantearse todo lo que uno está acostumbrado a hacer dramatúrgicamente. A descolonizar la práctica creativa de ciertas modos y formas heredadas.

Primero fue la historia oficial y sus personajes, luego los objetos y ahora el reino vegetal ¿qué hay detrás de esa búsqueda por la forma en que construimos realidad?

Para mí, trabajar en el territorio de la ficción siempre tuvo implícita la dimensión autoreflexiva: si me voy a dedicar a crear ficciones es porque me interesa saber cómo se fabrican realidades. No puedes representar un mundo sin preguntarte de que está hecho y cómo llegó a ser un mundo. La práctica teatral, más que una forma de discusión política, es una disección filosófica. Es bueno acordarse de que los primeros lugares en que se hicieron clases de anatomía se llamaban Teatros Anatómicos. Crear ficción implica necesariamente preguntarse por la construcción de la realidad, abrirla y mirarla; disectarla. Considerar lo escénico como un laboratorio donde se pesquisa lo real a cuerpo abierto, tripa afuera. Por eso para mí el teatro es siempre existencialista y profundamente ontológico. La pregunta es por el ser de las cosas.

Bajo ese prisma ¿qué desafíos tendría el teatro?

No podría hablar de “el teatro”, no estoy segura que sé lo que es eso. Yo he tratado de recuperar para mi teatro la dimensión contemplativa, entendiéndola como la actividad de mirar algo sin querer necesariamente extraer algo útil de esa cosa o experiencia. Para mí, el terreno de resistencia del arte hoy es su capacidad para contrariar lo que llamo “la lógica de la extracción”, esa idea de que de todo se debe extraer algo. En ese sentido, creo que es importante realzar la inutilidad de la obra de arte, su opacidad, esa porción de una obra que se resiste a ser comprendida, consumida. Creo en el arte como un espacio de mistificación –capaz de hacer misterioso lo que antes parecía evidente–, más que como uno de visibilización. En su origen lo performativo era básicamente una práctica coreográfica creada para lidiar con el misterio. Hoy pienso que su labor es la de recuperar el misterio como lugar central alrededor del que se organiza la cultura.

Crédito foto superior: Maida Carvallo
Volver Ir a Conversamos con